La temática es la misma, falta de compromiso, desilusiones, mentiras, engaños, en fin lo mismo siempre. En todas las historias, el malo es el otro, nosotras creemos que somos perfectas, que somos mágicas y diosas, y por eso merecemos algo mejor. Mientras la relación se da, El es ideal, cuando la relación termina por la razón que sea, el no vale nada para ella. En un parpadeo, ella ha dejado entrar otro hombre en su vida, se pone la venda del enamoramiento, donde encuentra la perfección, el ideal hecho hombre. El otro por el contrario se convierte en el feo, viejo, hasta huele mal, es el de todos los defectos; de esta manera se emprende un nuevo camino, de búsqueda del amor con alguien que apenas se conoce, por eso vemos solo la máscara dorada que nos permite y que nosotras queremos ver.
Los hombres y las mujeres somos diferentes, pero esa misma diferencia nos complementa y nos permite disfrutar de cosas que no poseemos nosotras mismas. Ese maravilloso complemento, es la magia de la relación, es encontrarse con lo desconocido, pero que con la unión y el vivir en pareja muchas situaciones, hacen que sea más enriquecedor y se logre encajar en el cóncavo y convexo. Permitirse conocer, entender a la otra persona de forma neutral, sin juzgar ayuda a que nos conozcamos más a nosotras mismas y logremos transcender en las relaciones.
Pero decir esto es más fácil que vivirlo, en la práctica las cosas nos enfrentan a emociones, que pueden crearle desequilibrio al más equilibrado. Es ahí donde la edad y el género no son importantes.
Existe una enfermedad emocional colectiva, que influye en que hombres y mujeres se mantengan en una carrera contra reloj por encontrar el amor. Buscan el amor en cualquiera que les ofrezca algo de compañía, pasión, o lo que sea. Se adaptan, hasta se puede llegar a mezclar con varias personas a la vez, lo importante es evadir la soledad. Salir del trabajo y tener con quien compartir, así sea una discusión, por eso el refrán “es mejor malo conocido que bueno por conocer” es tan popular y bien aceptado. Esto lleva a la duda, a un conflicto emocional que no permite ver con claridad que no es lo de afuera donde existe el problema, el problema está dentro de sí misma.
Si una relación de pareja tiene un ciclo de armonía y fortuitamente se rompe, es porque algo estaba fallando, no debemos culpar al otro, tampoco debemos culparnos a nosotras, pues una relación de pareja es de dos, y sencillamente esos dos no son compatibles al cien por ciento. Hasta para discutir de algo de lo que no estamos de acuerdo, debemos tener la claridad y benevolencia para poner nuestras opiniones en el estrado sin necesidad de atacar, juzgar o maltratar al otro.
Una relación de pareja donde fluye el amor, está en un constante crecimiento, que permite a cada uno experimentar todos los placeres que se desean en una relación. Es un ganar – ganar, los dos deben tener las mismas participaciones, los mismos atisbos de felicidad, de placer, de libertad. Si uno de los dos, se siente en desventaja, si está dando más de lo que recibe, llegará el momento que rompe, porque algo dentro de sí le hace falta, y eso mismo le hará entrar en una búsqueda continua.
Las mujeres somos más adaptables, y nos permitimos esperar si las cosas cambian, manipulamos situaciones para que las cosas funcionen mejor, pero en algunos casos se olvidan de sí mismas, y no es suficiente para ellos que son cazadores por naturaleza y sienten esa necesidad de buscar lo que no tienen.
Los hombres no hablan de sus emociones, ellos callan, observan y buscan. Las mujeres, observan, juzgan y calculan. Ellos se enconchan y ellas hablan, buscando una respuesta. Pero hablar y juzgar hace que ellos se enconchen más, y esto es lo que ocurre casi siempre. Es muy complicado que una mujer le permita a su hombre expresar lo más íntimo de su masculinidad, sentimiento o sexualidad sin juzgarle, y finalmente maltratarle, y hacerle pagar.
Los hombres temen a las mujeres, porque se sienten juzgados, las mujeres desconfían de sus hombres porque ellos callan. Ellos guardan silencio para que no le juzguen y así se convierte en un círculo, de callar y juzgar.
Llegará un día donde ella se canse de luchar con las conjeturas y buscar soluciones para que él se sienta mejor, o el romperá su silencio huyendo, así no dará explicaciones a alguien que le ha juzgado sin darle una oportunidad. Los dos tienen razón y los dos no tienen la razón. Esto no es cuestión de razones, es cuestión de libertad, una libertad sincera donde no de temor a expresar lo que se siente. Hablar sin ataduras es dar paso a la sencillez de la unidad en pareja.
¿Porque nos da temor decir algo que es propio de cada persona? Porque tengo que temer lo que otros digan, sobre mis sentimientos? He ahí la cuestión, me hace pensar…


